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domingo, 22 de julio de 2012

El poder de la disciplina


En las vacaciones desconectamos de la disciplina que nos imponen las fechas de entrega, las reuniones y la lista de lo que tenemos que hacer. Intentamos no ser esclavos del reloj. La disciplina a veces nos impone renunciar a lo que nos gustaría, la asociamos a los deberes y los límites y por ello nos pone en tensión. Entonces sentimos que la disciplina es más una carga que una liberación. Pero es posible conseguir una vida plena si logramos incorporar prácticas y normas que empiezan siendo una disciplina y acaban saliendo de manera natural como desayunar cada mañana.

La experiencia nos demuestra que necesitamos disciplina para lograr lo que queremos y llegar adonde anhelamos. Un atleta la necesita para mantenerse en forma y alcanzar unas metas. Cuando uno ama su propósito y sus metas, disfruta de la práctica y vive la disciplina como una aliada. Primero necesitamos tener una visión clara de lo que queremos y que nos motive. La motivación por satisfacer unos objetivos nos ayudará a ser disciplinados.


"Podemos sustituir el hábito de quejarnos por el de agradecer. Entenderemos el dolor y sabremos recuperar el bienestar"

En otras ocasiones es la necesidad vital y de autoestima la que nos ayuda: el cuidado del ser. A nivel personal, a todos nos beneficia el dormir y el comer con regularidad en horarios más o menos fijos, y el hacer ejercicio con constancia nos lleva a tener un cuerpo más sano. ¿Qué es lo que necesitamos para estar bien? Intentemos incorporarlo en nuestro día a día. Por ejemplo, parar unos momentos para distanciarnos durante cinco minutos del ambiente, tal vez caótico, que nos rodea, de modo que podamos relajarnos y actuar con serenidad, sin impulsividad.

Otra práctica que podemos incorporar cada mañana, a modo de disciplina aliada de nuestro bienestar, es la de visualizar la jornada durante unos minutos. ¿En qué nos centraremos? ¿Qué queremos aportar a nuestro entorno? Así saldremos de casa equipados con los valores y las actitudes que nos ayudarán a afrontar las situaciones con valentía, paciencia, tolerancia, amor, determinación, y/o asertividad.

Disciplinar nuestra mente para controlar nuestros pensamientos nos permitirá gobernarlos y adoptar actitudes saludables. Asumiremos la responsabilidad de recrear nuestro destino con voluntad y perseverancia en vez de sentirnos víctimas y quejarnos por estar atrapados en una situación que nos provoca malestar. Podemos sustituir el hábito de quejarnos por el de agradecer. Para cambiar un hábito y/o sustituirlo por otro necesitamos disciplina. Podríamos hacer una lista de todo aquello por lo que podemos dar las gracias. Por estar vivo, por ser quien soy, por aprender y compartir, por todo lo que he vivido. Cuando el agradecimiento se convierte en hábito, agradeceremos la experiencia del dolor. Sabremos comprenderlo y así recuperar el bienestar.

"Siempre procura hacer lo máximo y lo mejor que puedas. Bajo cualquier circunstancia, hazlo lo mejor posible y así evitarás culpabilizarte, juzgarte y lamentarte" (Miguel Ruiz)

Seguimos unas disciplinas u otras según el código de conducta que interiorizamos en función de nuestras creencias, cultura y relaciones sociales. En este marco siempre existe la posibilidad de incorporar el esfuerzo de hacer lo máximo y lo mejor que uno pueda. Podemos esmerarnos en pensar bien, decir palabras con sentido que den pie a conversaciones enriquecedoras y actuar con elegancia y respeto. Así no nos conformaremos con lo ordinario y nos concentraremos en mejorar. Para ello necesitamos intención y disciplina. De lo contrario, la mente se dispersa. Una estrategia eficaz es formular pensamientos positivos y usarlos como afirmaciones que fortalezcan la concentración. Podemos elaborar una lista de pensamientos que sean como llaves que podamos usar para abrir el caudal de positividad interior. Por ejemplo: "Yo puedo", "no me vencerán", "soy amor", "todo fue como tuvo que ser", "lo acepto y lo suelto". La meditación es una práctica esencial para fomentar la concentración y llegar a ser capaces de pensar solo lo que queremos pensar. Como en todo, la meditación dará buenos resultados si la practicamos disciplinadamente.

Lo que suele ocurrir cuando nos proponemos incorporar una práctica, transformar un hábito o esforzarnos por un objetivo es que aparece el autoboicoteo. Uno mismo boicotea sus propósitos mediante las dudas y los temores que nos frenan y bloquean. La disciplina nos ayuda a vencer a nuestro saboteador y crítico interior que echa por tierra nuestras buenas intenciones. Basta solo con que tengamos claridad y voluntad para superarlos y así lograr nuestro propósito.

Nunca diré nada que no pueda quedar como lo último que dije, lo prometo" (Benjamín Zander)

Cuando somos conscientes del impacto de nuestros pensamientos, palabras y obras prestamos más atención. Nos disciplinamos. Pensamos antes de hablar. No nos precipitamos. Esto requiere estar alerta y recuperar nuestro poder interior para frenar los pensamientos acelerados, ciertas palabras y acciones de las que luego nos arrepentimos. Necesitamos pasar por el taller para poner a punto el freno mental. Tanto pensamiento provoca estrés, tensión y falta de claridad, y nos perdemos lo mejor de la vida: saborear este instante. Meditar es como entrar en el taller de reparaciones.

Para fortalecernos internamente disciplinemos la mente con ejercicios de positividad y silencio. Cuanto más claros sean nuestros pensamientos, mayor será su impacto. Los pensamientos son la semilla de nuestras palabras y acciones. En el silencio recuperamos fuerzas, aclaramos ideas y aprendemos a confiar en nuestra intuición. Actuamos desde el corazón.

Entre pensamiento y acción hay un espacio de unos segundos. Podemos cambiar el rumbo de nuestros pensamientos y elegir nuestra acción, para que no sea una reacción impulsiva influida por nuestras energías negativas ni las de nuestro entorno. La meditación nos ayuda a responder desde una situación de serenidad.

Una reacción puede cambiar el rumbo de nuestra vida y el de muchas otras personas. Se trata de responder desde la serenidad, con claridad y determinación, con paciencia y humildad, con amor y entrega, y con sentido del humor. Solo cuando hemos logrado la disciplina interior de observar y pensar antes de reaccionar somos capaces de responder así.

"La meta es manifestar la divinidad potencial de cada uno controlando la naturaleza exterior e interior. Consíguelo mediante la práctica disciplinada y sé libre"
(Swami Vivekananda)

Si queremos vivir lo esencial, lo que realmente nos importa, los valores como la paz, el amor, la felicidad, y queremos experimentar el sentido de nuestro ser y nuestro estar es indispensable aprender a gobernar los impulsos dominados por el ego y todas sus ramificaciones (deseos, avaricia, orgullo, soberbia, apego, lujuria, ira, miedo, pereza y envidia). Esto implica dominar los propios deseos compulsivos, con el objetivo de llegar al yo esencial para poder trascenderlo y relacionarnos con el otro desde la autenticidad. Cuando gobernamos nuestros impulsos podemos centrarnos en expandir y expresar nuestro ser auténtico. Controlamos desde la comprensión, no por la vía de la represión ni de la fuerza. La represión nos lleva a la enfermedad y a la desnaturalización del proceso necesario para alcanzar la verdadera iluminación.


ESTAR BIEN

Si nos sentimos bien podemos afrontar las adversidades y vivir los imprevistos con más energía y soltura. Seremos más creativos sin bloqueos internos. La disciplina emocional nos ayuda a mantenernos bien. No nos engañemos: estar bien no depende de que nuestro alrededor esté en armonía. Depende de que nosotros estemos en armonía. Si estamos centrados seremos como un faro estable ante las olas, los vientos y las tormentas. Enraizados en nuestros valores, aceptando lo que es como es, sin resignación ni frustración, seremos capaces de saborear el instante sin reacciones desmesuradas.

RECETAS DE DISCIPLINA

1. Películas
- 'Billy Elliot'.
2. Libros
- 'Raja yoga o conquistar la naturaleza interior'. Swami Vivekananda (1982).
- 'El dios de las pequeñas cosas'. Arunhati Roy. Anagrama.
- 'La rueda de la vida'. Elisabeth Kübler-Ross. Ediciones B.
3. Música
- 'Las variaciones Goldberg'.

jueves, 5 de julio de 2012

La inteligencia ejecutiva de José Antonio Marina***

El millor llegat del passat en armonia amb les últimes aportacions de les neurociències. Simplement magnífic!

FONT: Suplemento Culturas de LA VANGUARDIA 20/06/2012 ESTEBAN HERNÁNDEZ

La capacidad de dirigir el comportamiento se basa en elegir bien las metas, aprovechar la información disponible y regular las emociones | Propone dar prioridad a "la capacidad de soportar el esfuerzo, de aguantar las molestias y de guiarse por recompensas lejanas" | Marina pone de relieve nociones populares en la psicología del pasado, como la voluntad o el carácter, que parecían haber desaparecido de escena


La inteligencia es uno de los ejes del pensamiento de José Antonio Marina (Toledo, 1939), con sus implicaciones en la creatividad artística, la educación y la ética. El pensador apuesta ahora por el concepto de 'inteligencia ejecutiva', aquellas habilidades gracias a las cuales somos capaces de convertir las ideas en realidades. Revisamos éste y otros hilos conductores de su obra 

Obras de José Antonio Marina
  •  Crear en la vanguardia LIBROS DE VANGUARDIA 360 PÁGINAS 9,95 EUROS
  • La inteligencia ejecutiva ARIEL / BIBLIOTECA UP 192 PÁGINAS 16 EUROS
1. Cuenta J.A. Marina el caso de un exalumno, un chico con un elevado coeficiente de inteligencia y exitoso estudiante, que comenzó a creerse por encima de sus maestros. Dotado de notables cualidades, se dejó llevar por la sensación de que ninguna de las personas que le rodeaba podía enseñarle algo. Perdió interés por los estudios y empezó a liderar una banda de chavales a los que animaba a cometer pequeños hurtos. Quince años después, aquel joven está en la cárcel por tráfico de drogas. ¿Podríamos decir que estamos ante una persona inteligente? No lo parece.

Otra historia relatada en La inteligencia ejecutiva, que Marina toma prestada del psicólogo Robert Hare, es la de un niño de trece años que mató a golpes a un compañero porque no le había proporcionado la cantidad de droga que habían pactado a cambio de 250 dólares. Lo llamativo era que el asesino fue definido por su comunidad como un chico normal, cuando hablábamos de alguien que delinquía con frecuencia, fumaba marihuana y había sido expulsado de su colegio por robar. De alguna forma, las características del chico, como la impulsividad, la irresponsabilidad y su falta de remordimientos, no sólo habían dejado de ser rechazadas y combatidas por su entorno, sino que eran contempladas desde la complacencia. Rasgos psicopáticos como los citados no sólo son ya frecuentes, sino que comienzan a ser percibidos, en determinadas áreas de nuestra sociedad, como dignos de imitación.

En ambos ejemplos quedan sintetizados dos de los equívocos más frecuentes con los que la educación suele tropezar. Por un lado, entendíamos que la inteligencia estaba vinculada únicamente a cuestiones como la capacidad deductiva, el conocimiento, la lógica, etcétera, lo que hacía que juzgásemos a alguien como sobresaliente con independencia de su conducta. Así, un profesor de ética podía ser muy brillante, y admirado por tal hecho, aunque sus comportamientos privados distasen mucho de ser correctos. Pero, como demuestra el caso del joven delincuente, ¿de qué nos sirve ser tan listos si no somos capaces de sacar provecho de nuestras habilidades? ¿No tendría la inteligencia mucho más que ver con poder disponer de los mecanismos necesarios para escoger nuestras metas y realizarlas efectivamente? Esta es, sin duda, la perspectiva que prefiere Marina, para quien la inteligencia ejecutiva, el concepto con el que intenta dar un paso adelante en su teoría, no es otra cosa que "la capacidad de dirigir bien el comportamiento, eligiendo las metas, aprovechando la información y regulando las emociones". Aquellas destrezas que unen la idea con su realización, y que sirven para elegir objetivos, elaborar proyectos y organizar la acción para realizarlos (La inteligencia ejecutiva, pag. 21) son las que debemos potenciar, porque de nada sirve disponer de una gran capacidad analítica o de una enorme habilidad relacional si después no podemos llevar a la práctica todo lo planificado. Este giro en la concepción de la inteligencia, señala Marina, está ligado a muchas de las tendencias psicológicas actuales que, impulsadas por la neurociencia, están operando en todos los campos de la psicología, ya sea en su aplicación clínica, ya en la social o en la económica.

2. La inteligencia, asegura Marina, está estructurada en dos niveles. En un primer estrato, el computacional, se hallan las ideas, los sentimientos, deseos, imaginaciones e impulsos; en el segundo, el ejecutivo, encontramos aquellos mecanismos que tratan, con mayor o menor éxito, de controlar, dirigir, corregir, iniciar o apagar todas esas operaciones mentales generadas en el primer nivel. Esa es la pequeña (o gran) batalla que tiene lugar en el interior de cada ser humano, y que resulta en gran medida la principal tarea social, como es el control de la acción. Saber dirigirnos hacia el lugar correcto, saber dominar ese nivel generador llevándolo hacia los cauces correctos no tiene que ver sólo con la fuerza de voluntad individual, sino que depende en gran medida del entorno en el que el ser humano se desenvuelve.

El problema es que las teorías psicológicas y sociológicas contemporáneas, aquellas que se han impuesto socialmente en los últimos años, percibían la educación como algo perteneciente a la esfera privada, como si sólo los padres o los profesores que tratan con los niños pudieran ejercer influencia sobre ellos. Para Marina, que siempre ha defendido que para educar hace falta toda la tribu, tal visión contiene un gran error.

El niño hiperactivo es un buen ejemplo del cambio de paradigma que propugna. Mientras las terapias del pasado trataban de que los pacientes llegaran a una especie de autoconciencia a través de la cual cambiar las percepciones y los comportamientos, la actual entiende, y específicamente en lo que se refiere a los más pequeños, que la mejor manera de modificar actitudes es cambiar el entorno. La tendencia del niño a actuar de modo rápido e irreflexivo se controla principalmente yendo de fuera hacia dentro (pag. 75). Si se quiere que un hiperactivo interiorice las normas, se le debe dar un ambiente estructurado, suministrándole la información necesaria (y no más) ,anticipándole los sucesos, reforzándole positivamente y atrayendo su atención sobre lo esencial. En definitiva, se le debe proveer de un contexto que facilite la concentración, que le conduzca hacia sus objetivos y que le ofrezca unas pautas claras que pueda interiorizar a fuerza de repetirlas. El niño no va a cambiar su comportamiento porque tenga un mayor conocimiento de lo que le ocurre, ni tampoco por temor al castigo, sino porque le hemos facilitado un ambiente cuyas instrucciones entiende, donde hay adultos en los que puede confiar, y que le guían por los caminos adecuados. Así se podrá poner a trabajar eficazmente su working memory, su memoria procedimental, de modo que pueda interiorizar las pautas necesarias. La repetición, el esfuerzo, la práctica y la insistencia, y no el talento, son las que nos harán manejar una determinada materia. La autodisciplina y la repetición son las que nos dan poder (pag. 167).

Y este es un cambio esencial en el proceso educativo, pero también en el social. Encauzar los deseos y los impulsos hacia la finalidad adecuada no es pura cuestión de autodominio, sino que se vuelve cosa de todos. Debemos generar contextos que permitan que las cosas se puedan poner en práctica y eso implica reactivar de nuevos modos la importancia del control social.

3. Para educar correctamente, debemos enfocar los problemas de otra manera, priorizando "la capacidad de soportar el esfuerzo, de aguantar las molestias y de guiarse por recompensas lejanas", virtudes que constituyen la esencia de la ejecutividad (pag. 34). Incluso aquellas personas que cuentan con habilidades como la capacidad de inhibir la respuesta, dirigir la atención, planificar metas, controlarse emocionalmente o ser flexibles en la realización de planes, no consiguen nada si no añaden elementos decisivos de autocontrol y de proyección en el futuro.

Con esta perspectiva, Marina vuelve a poner de relieve nociones enormemente populares en la psicología del pasado, como la voluntad o el carácter, que parecían haber desaparecido de escena. En realidad, subraya el filósofo, aunque ahora se utilizan términos como déficit de atención, hiperactividad, impulsividad, problemas de control de los impulsos, abulia o trastornos del lóbulo frontal, seguimos refiriéndonos a algo tan básico y tan importante como es el control de la acción. Y para conseguir este objetivo, debemos evitar un error habitual en las nuevas tendencias psicológicas. Es verdad, insiste Marina, que ya no se trata de activar aquellas facultades que nos permiten conocer mejor la realidad, pero tampoco debemos caer en la trampa a la que nos lleva el pensamiento positivo, como es reducirlo todo a los estados de ánimo. Esa creencia según la cual cambiando la percepción se cambia la realidad es muy peligrosa por su conservadurismo extremo, afirma Marina. Quizá más conocimiento no nos saque del atolladero, pero su ausencia, esto es, su sustitución por la pura voluntad, como propugna la psicología positiva, tampoco es el camino. De lo que se trata es de estimular la capacidad creativa de nuestra inteligencia. En la vida no hay soluciones bien perfiladas que simplemente están esperando que alguien las descubra, sino problemas que nos obligan a inventar continuamente cómo resolverlos. La tarea de la educación es potenciar esas habilidades, movilizando las fuerzas que nos ayudarán a crear los remedios. Para ello, potenciar lo cognitivo no basta, resultando imprescindible fortalecer la voluntad. En consecuencia, apunta Marina, "ha llegado el momento de elaborar una pedagogía de la atención, del autocontrol y de la perseverancia" (pag. 182), esto es, de forjar el carácter.

sábado, 26 de febrero de 2011

Un mundo distraído. "Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?" de Nicholas Carr

La tercera parte de la población mundial ya es 'internauta'. La revolución digital crece veloz. Uno de sus grandes pensadores, Nicholas Carr, da claves de su existencia en el libro 'Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?' El experto advierte de que se "está erosionando la capacidad de controlar nuestros pensamientos y de pensar de forma autónoma".
BÁRBARA CELIS EL PAÍS 29/01/2011

El correo electrónico parpadea con un mensaje inquietante: "Twitter te echa de menos. ¿No tienes curiosidad por saber las muchas cosas que te estás perdiendo? ¡Vuelve!". Ocurre cuando uno deja de entrar asiduamente en la red social: es una anomalía, no cumplir con la norma no escrita de ser un voraz consumidor de twitters hace saltar las alarmas de la empresa, que en su intento por parecer más y más humana, como la mayoría de las herramientas que pueblan nuestra vida digital, nos habla con una cercanía y una calidez que solo puede o enamorarte o indignarte. Nicholas Carr se ríe al escuchar la preocupación de la periodista ante la llegada de este mensaje a su buzón de correo. "Yo no he parado de recibirlos desde el día que suspendí mis cuentas en Facebook y Twitter. No me salí de estas redes sociales porque no me interesen. Al contrario, creo que son muy prácticas, incluso fascinantes, pero precisamente porque su esencia son los micromensajes lanzados sin pausa, su capacidad de distracción es enorme". Y esa distracción constante a la que nos somete nuestra existencia digital, y que según Carr es inherente a las nuevas tecnologías, es sobre la que este autor que fue director del Harvard Business Review y que escribe sobre tecnología desde hace casi dos décadas nos alerta en su tercer libro, Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (Taurus).
Nicholas Carr

Nicholas Carr

ENTREVISTA DIGITAL - 31-01-2011

Babelia 1001 - Autor de 'Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?'.

"Aún no somos conscientes de todos los cambios que van a ocurrir cuando realmente el libro electrónico sustituya al libro"


Cuando Carr (1959) se percató, hace unos años, de que su capacidad de concentración había disminuido, de que leer artículos largos y libros se había convertido en una ardua tarea precisamente para alguien licenciado en Literatura que se había dejado mecer toda su vida por ella, comenzó a preguntarse si la causa no sería precisamente su entrega diaria a las multitareas digitales: pasar muchas horas frente a la computadora, saltando sin cesar de uno a otro programa, de una página de Internet a otra, mientras hablamos por Skype, contestamos a un correo electrónico y ponemos un link en Facebook. Su búsqueda de respuestas le llevó a escribir Superficiales... (antes publicó los polémicos El gran interruptor. El mundo en red, de Edison a Google y Las tecnologías de la información. ¿Son realmente una ventaja competitiva?), "una oda al tipo de pensamiento que encarna el libro y una llamada de atención respecto a lo que está en juego: el pensamiento lineal, profundo, que incita al pensamiento creativo y que no necesariamente tiene un fin utilitario. La multitarea, instigada por el uso de Internet, nos aleja de formas de pensamiento que requieren reflexión y contemplación, nos convierte en seres más eficientes procesando información pero menos capaces para profundizar en esa información y al hacerlo no solo nos deshumanizan un poco sino que nos uniformizan". Apoyándose en múltiples estudios científicos que avalan su teoría y remontándose a la célebre frase de Marshall McLuhan "el medio es el mensaje", Carr ahonda en cómo las tecnologías han ido transformando las formas de pensamiento de la sociedad: la creación de la cartografía, del reloj y la más definitiva, la imprenta. Ahora, más de quinientos años después, le ha llegado el turno al efecto Internet.
Pero no hay que equivocarse: Carr no defiende el conservadurismo cultural. Él mismo es un usuario compulsivo de la web y prueba de ello es que no puede evitar despertar a su ordenador durante una breve pausa en la entrevista. Descubierto in fraganti por la periodista, esboza una tímida sonrisa, "¡lo confieso, me has cazado!". Su oficina está en su residencia, una casa sobre las Montañas Rocosas, en las afueras de Boulder (Colorado), rodeada de pinares y silencio, con ciervos que atraviesan las sinuosas carreteras y la portentosa naturaleza estadounidense como principal acompañante.

PREGUNTA. Su libro ha levantado críticas entre periodistas como Nick Bilton, responsable del blog de tecnología Bits de The New York Times, quien defiende que es mucho más natural para el ser humano diversificar la atención que concentrarla en una sola cosa.

RESPUESTA. Más primitivo o más natural no significa mejor. Leer libros probablemente sea menos natural, pero ¿por qué va a ser peor? Hemos tenido que entrenarnos para conseguirlo, pero a cambio alcanzamos una valiosa capacidad de utilización de nuestra mente que no existía cuando teníamos que estar constantemente alerta ante el exterior muchos siglos atrás. Quizás no debamos volver a ese estado primitivo si eso nos hace perder formas de pensamiento más profundo.

P. Internet invita a moverse constantemente entre contenidos, pero precisamente por eso ofrece una cantidad de información inmensa. Hace apenas dos décadas hubiera sido impensable.

R. Es cierto y eso es muy valioso, pero Internet nos incita a buscar lo breve y lo rápido y nos aleja de la posibilidad de concentrarnos en una sola cosa. Lo que yo defiendo en mi libro es que las diferentes formas de tecnología incentivan diferentes formas de pensamiento y por diferentes razones Internet alienta la multitarea y fomenta muy poco la concentración. Cuando abres un libro te aíslas de todo porque no hay nada más que sus páginas. Cuando enciendes el ordenador te llegan mensajes por todas partes, es una máquina de interrupciones constantes.

P. ¿Pero, en última instancia, cómo utilizamos la web no es una elección personal?

R. Lo es y no lo es. Tú puedes elegir tus tiempos y formas de uso, pero la tecnología te incita a comportarte de una determinada manera. Si en tu trabajo tus colegas te envían treinta e-mails al día y tú decides no mirar el correo, tu carrera sufrirá. La tecnología, como ocurrió con el reloj o la cartografía, no es neutral, cambia las normas sociales e influye en nuestras elecciones.

P. En su libro habla de lo que perdemos y aunque mencione lo que ganamos apenas toca el tema de las redes sociales y cómo gracias a ellas tenemos una herramienta valiosísima para compartir información.

R. Es verdad, la capacidad de compartir se ha multiplicado aunque antes también lo hacíamos. Lo que ocurre con Internet es que la escala, a todos los niveles, se dispara. Y sin duda hay cosas muy positivas. La Red nos permite mostrar nuestras creaciones, compartir nuestros pensamientos, estar en contacto con los amigos y hasta nos ofrece oportunidades laborales. No hay que olvidar que la única razón por la que Internet y las nuevas tecnologías están teniendo tanto efecto en nuestra forma de pensar es porque son útiles, entretenidas y divertidas. Si no lo fueran no nos sentiríamos tan atraídos por ellas y no tendrían efecto sobre nuestra forma de pensar. En el fondo, nadie nos obliga a utilizarlas.

P. Sin embargo, a través de su libro usted parece sugerir que las nuevas tecnologías merman nuestra libertad como individuos...

R. La esencia de la libertad es poder escoger a qué quieres dedicarle tu atención. La tecnología está determinando esas elecciones y por lo tanto está erosionando la capacidad de controlar nuestros pensamientos y de pensar de forma autónoma. Google es una base de datos inmensa en la que voluntariamente introducimos información sobre nosotros y a cambio recibimos información cada vez más personalizada y adaptada a nuestros gustos y necesidades. Eso tiene ventajas para el consumidor. Pero todos los pasos que damos online se convierten en información para empresas y Gobiernos. Y la gran pregunta a la que tendremos que contestar en la próxima década es qué valor le damos a la privacidad y cuánta estamos dispuestos a ceder a cambio de comodidad y beneficios comerciales. Mi sensación es que a la gente le importa poco su privacidad, al menos esa parece ser la tendencia, y si continúa siendo así la gente asumirá y aceptará que siempre están siendo observados y dejándose empujar más y más aún hacia la sociedad de consumo en detrimento de beneficios menos mensurables que van unidos a la privacidad.

P. Entonces... ¿nos dirigimos hacia una sociedad tipo Gran Hermano?

R. Creo que nos encaminamos hacia una sociedad más parecida a lo que anticipó Huxley en Un mundo feliz que a lo que describió Orwell en 1984. Renunciaremos a nuestra privacidad y por tanto reduciremos nuestra libertad voluntaria y alegremente, con el fin de disfrutar plenamente de los placeres de la sociedad de consumo. No obstante, creo que la tensión entre la libertad que nos ofrece Internet y su utilización como herramienta de control nunca se va a resolver. Podemos hablar con libertad total, organizarnos, trabajar de forma colectiva, incluso crear grupos como Anonymous pero, al mismo tiempo, Gobiernos y corporaciones ganan más control sobre nosotros al seguir todos nuestros pasos online y al intentar influir en nuestras decisiones.

P. Wikipedia es un buen ejemplo de colaboración a gran escala impensable antes de Internet. Acaba de cumplir diez años...

R. Wikipedia encierra una contradicción muy clara que reproduce esa tensión inherente a Internet. Comenzó siendo una web completamente abierta pero con el tiempo, para ganar calidad, ha tenido que cerrarse un poco, se han creado jerarquías y formas de control. De ahí que una de sus lecciones sea que la libertad total no funciona demasiado bien. Aparte, no hay duda de su utilidad y creo que ha ganado en calidad y fiabilidad en los últimos años.

P. ¿Y qué opina de proyectos como Google Books? En su libro no parece muy optimista al respecto...

R. Las ventajas de disponer de todos los libros online son innegables. Pero mi preocupación es cómo la tecnología nos incita a leer esos libros. Es diferente el acceso que la forma de uso. Google piensa en función de snippets, pequeños fragmentos de información. No le interesa que permanezcamos horas en la misma página porque pierde toda esa información que le damos sobre nosotros cuando navegamos. Cuando vas a Google Books aparecen iconos y links sobre los que pinchar, el libro deja de serlo para convertirse en otra web. Creo que es ingenuo pensar que los libros no van a cambiar en sus versiones digitales. Ya lo estamos viendo con la aparición de vídeos y otros tipos de media en las propias páginas de Google Books. Y eso ejercerá presión también sobre los escritores. Ya les ocurre a los periodistas con los titulares de las informaciones, sus noticias tienen que ser buscables, atractivas. Internet ha influido en su forma de titular y también podría cambiar la forma de escribir de los escritores. Yo creo que aún no somos conscientes de todos los cambios que van a ocurrir cuando realmente el libro electrónico sustituya al libro.
P. ¿Cuánto falta para eso?
R. Creo que tardará entre cinco y diez años.
P. Pero aparatos como el Kindle permiten leer muy a gusto y sin distracciones...
R. Es cierto, pero sabemos que en el mundo de las nuevas tecnologías los fabricantes compiten entre ellos y siempre aspiran a ofrecer más que el otro, así que no creo que tarden mucho en hacerlos más y más sofisticados, y por tanto con mayores distracciones.

P. El economista Max Otte afirma que pese a la cantidad de información disponible, estamos más desinformados que nunca y eso está contribuyendo a acercarnos a una forma de neofeudalismo que está destruyendo las clases medias. ¿Está de acuerdo?

R. Hasta cierto punto, sí. Cuando observas cómo el mundo del software ha afectado a la creación de empleo y a la distribución de la riqueza, sin duda las clases medias están sufriendo y la concentración de la riqueza en pocas manos se está acentuando. Es un tema que toqué en mi libro El gran interruptor. El crecimiento que experimentó la clase media tras la II Guerra Mundial se está revirtiendo claramente.

P. Internet también ha creado un nuevo fenómeno, el de las microcelebridades. Todos podemos hacer publicidad de nosotros mismos y hay quien lo persigue con ahínco. ¿Qué le parece esa nueva obsesión por el yo instigado por las nuevas tecnologías?

R. Siempre nos hemos preocupado de la mirada del otro, pero cuando te conviertes en una creación mediática -porque lo que construimos a través de nuestra persona pública es un personaje-, cada vez pensamos más como actores que interpretan un papel frente a una audiencia y encapsulamos emociones en pequeños mensajes. ¿Estamos perdiendo por ello riqueza emocional e intelectual? No lo sé. Me da miedo que poco a poco nos vayamos haciendo más y más uniformes y perdamos rasgos distintivos de nuestras personalidades.

P. ¿Hay alguna receta para salvarnos'?

R. Mi interés como escritor es describir un fenómeno complejo, no hacer libros de autoayuda. En mi opinión, nos estamos dirigiendo hacia un ideal muy utilitario, donde lo importante es lo eficiente que uno es procesando información y donde deja de apreciarse el pensamiento contemplativo, abierto, que no necesariamente tiene un fin práctico y que, sin embargo, estimula la creatividad. La ciencia habla claro en ese sentido: la habilidad de concentrarse en una sola cosa es clave en la memoria a largo plazo, en el pensamiento crítico y conceptual, y en muchas formas de creatividad. Incluso las emociones y la empatía precisan de tiempo para ser procesadas. Si no invertimos ese tiempo, nos deshumanizamos cada vez más. Yo simplemente me limito a alertar sobre la dirección que estamos tomando y sobre lo que estamos sacrificando al sumergirnos en el mundo digital. Un primer paso para escapar es ser conscientes de ello. Como individuos, quizás aún estemos a tiempo, pero como sociedad creo que no hay marcha atrás.