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lunes, 7 de julio de 2014

La empatía, a estudio

Font Magazine de La Vanguardia (06 Jul 2014)



 http://www.lavanguardia.com/magazine/20140704/54410571719/empatia-poder-magazine-reportaje-psicologia.html
 
En los últimos años, muchos grupos científicos se han volcado en descifrar la empatía a partir de múltiples enfoques, desde la neurociencia hasta la robótica

Una tarde cualquiera, Miguel prepara la cena en la cocina. Junto a él, sentada en su sillita está su hija Irene, un bebé de seis meses que juguetea con un sonajero. Está absorto cortando unas verduras y pensando en el trabajo cuando los gimoteos de la niña lo devuelven a la cocina. Irene está tratando de agarrar el biberón con agua que está sobre la mesa. Miguel se lo da; la niña lo mira satisfecha.

Algo parecido ocurre a 12.000 kilómetros, en un laboratorio de Tokio. Aunque, en lugar de padre e hija, son dos robots con forma humanoide los que representan la escena. Están situados uno frente a otro y en un momento dado uno alarga el brazo y mueve lentamente la mano, como si quisiera coger algo. Su compañero lo mira y su cerebro de cables y chips trata de descifrar esa acción.

Luc Steels observa detenidamente esta escena desde su ordenador, señala la pantalla y exclama: “Es realmente fascinante lo que podemos llegar a hacer los seres humanos. Interactuamos unos con otros y nos entendemos, ¡incluso sin hablar! De hecho, con el lenguaje decimos realmente muy poco, la mayor parte de la información proviene del contexto y de que somos capaces de predecir lo que otros deben de querer. Si el padre le da el biberón al bebé es porque ha sabido interpretar la situación y su necesidad. Y es un ejemplo de lo que intentamos entender usando robots como estos”.

Steels es uno de los mayores expertos en inteligencia artificial del mundo. Es el padre del popular perrito robot Aibo, de Sony, y, desde su despacho en el Instituto de Biología Evolutiva –dependiente del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y la Universitat Pompeu Fabra (UPF)– en Barcelona, colabora con otros centros repartidos por el mundo con el objetivo de tratar de dotar de inteligencia a las máquinas para que algún día puedan convivir de verdad con los humanos.
“Queremos que los robots aprendan a ser empáticos”, afirma. Y ante la mirada atónita de quien le escucha matiza que, aunque generalmente se use el concepto empatía asociado a un valor emocional, se puede emplear de forma más amplia, en referencia a ser capaces de interpretar la necesidad del otro.

“Cuando vemos a alguien llorar o nos cuentan que la madre de un amigo está muy enferma, nos ponemos en la situación de aquella persona y nos sentimos afligidos debido a nuestra habilidad empática. Ese proceso es muy similar al de la niña que trata de coger algo sin éxito y el padre la ayuda. En el fondo tiene que ver con la memoria, con saber entender qué quiere el otro y predecir qué pasará”, explica.

Con su equipo de investigadores, Steels usa los robots como modelo para comprender esa empatía. Porque, asegura, será la forma de que algún día podamos aplicarla en situaciones en que tengan que interactuar inteligentemente con humanos, como en operaciones de rescate en catástrofes. “Imagínate lo útiles que hubieran sido en Fukushima o en el rescate del ferry de Corea del Sur que naufragó. Pero por desgracia aún no están preparados”, dice Steels.

CAMBIANDO DE PIEL

Luc Steels es uno de los numerosos científicos que en todo el mundo investigan la empatía, esta habilidad instintiva de las personas para meterse en los zapatos del prójimo. Él lo hace desde la robótica, mientras que otros se aproximan desde la genética, la biología o la psicología cognitiva y social. Y todos tratan de entender mejor esta dimensión que, apuntan, tal vez sea una de las características que definen a los seres humanos.

Gracias a la empatía, los humanos somos capaces de tender puentes para arribar al territorio de los sentimientos del otro; de relacionarnos y de convivir. Seguramente, sin esta habilidad no hubiéramos sobrevivido, nos hubiéramos extinguido hace ya tiempo. O, tal vez, ni hubiéramos salido de África. 

Y, a pesar de ser una característica intrínsecamente humana, durante mucho tiempo estuvo fuera del foco de interés de la neurociencia. En parte, porque parecía una cuestión trivial y también porque no se sabía cómo estudiar una habilidad que se generaba en las interacciones entre personas.

Así que a lo largo de la primera mitad del siglo XX, las investigaciones se limitaban a observar qué ocurría en el cerebro de un individuo cuando pensaba y sentía, y se dejaba de lado cómo era posible que comprendiera las experiencias de los demás. La llamada “revolución afectiva” de comienzos del siglo XXI consiguió darle la vuelta a la tortilla. Tanto, que ahora se vive un boom de estudios centrados en esta capacidad.

“Hace relativamente poco que se ha tomado consciencia de la naturaleza no racional del ser humano. Han aparecido un sinfín de libros y de artículos muy influyentes que nos han hecho percatarnos de la importancia de la inteligencia emocional. Y ahora hay un interés creciente en las emociones, sobre todo en aquellas implicadas en el pensamiento moral y en la acción. De ahí, en buena medida, que en la última década se hayan publicado cientos de investigaciones centradas en la empatía”, explica Arcadi Navarro, investigador en biología evolutiva y director del departamento de ciencias experimentales y de la salud de la UPF.

“Tiene lógica que sea así por la situación en que vivimos, en un momento de crisis económica y de valores”, señala Claudia Wassmann, neurocientífica alemana del Instituto Max Planck y que ahora investiga en la Universidad de Navarra gracias a una beca Marie Curie.

Para muchos científicos que se han propuesto desvelar los entresijos de la empatía, el interés no es meramente teórico. Aseguran que cuando se pueda entender cómo funciona, se podrán estimular comportamientos más empáticos y tal vez menos egoístas. Para el conocido sociólogo y economista norteamericano Jeremy Rifkin, autor de La civilización empática, esta capacidad ha sido el principal conductor del progreso humano y ha de seguir siendo así. “Necesitamos ser más empáticos si pretendemos que la especie sobreviva”, afirma rotundo.

DE LAS NEURONAS ESPEJO A LA OXITOCINA

La primera pregunta que surge es ¿hay algo en la biología humana que, igual que ocurre con el lenguaje, nos prepare para ser empáticos? Porque, en general, todos somos algo empáticos. Muchos científicos han tratado de dar una respuesta.

En los años 90, en Parma (Italia), un grupo de investigadores estudiaba el cerebro de un macaco cuando se percataron de algo que supondría un avance enorme en neurociencias y que muchos pensaron que respondía a ese enigma acerca de la capacidad empática. Vieron que una célula nerviosa del cerebro del primate se activaba tanto cuando el animal agarraba un objeto como cuando veía a otro hacerlo. Era como si la mente del mono simulara las acciones que veía, de ahí que bautizaran aquella célula como “neurona espejo”.

“¡Descubrieron la clave para entender la empatía!”, afirma Christian Keysers, investigador del Instituto de Neurociencias de los Países Bajos y autor de The Empathic Brain (El cerebro empático). “Está claro que estas neuronas son esenciales para entender cómo leemos la mente de los demás y nos contagiamos de sus emociones. Y pueden explicar muchos de los misterios del comportamiento humano. Las neuronas espejo nos conectan con otras personas, y un mal funcionamiento de estas células nos lleva a una desconexión emocional de los demás, como les ocurre a los autistas”, afirma este entusiasta científico, que está convencido de que somos empáticos por naturaleza.

No obstante, para muchos neurocientíficos las neuronas espejo son sólo parte de la película. Es cierto que se activan cuando la persona ve llorar a alguien, por ejemplo, y que los autistas, a quienes este mecanismo espejo no les funciona del todo bien, tienen comportamientos poco empáticos. Ahora bien, ¿se debe a estas neuronas la capacidad empática? “Ni mucho menos es debido a ellas que automáticamente tengamos los mismos sentimientos que otros. De ser así no habría diferencias de comportamiento entre los seres humanos cuando los hay muy empáticos y otros lo son poco o nada. 

Es una cuestión cultural. Tras nacer, vamos aprendiendo a ser empáticos”, afirma Claudia Wassmann.
¿Y si fuera una cuestión de hormonas?, plantea esta investigadora. De la misma forma que se sabe que la oxitocina, conocida como la hormona del amor, es esencial para establecer lazos y vínculos con otras personas, ¿podría estar implicada en esta capacidad?

Precisamente, Òscar Vilarroya, neurocientífico de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB), estudia si la empatía de las parejas respecto a bebés llorando cambia antes del embarazo, durante y después. Y qué papel tiene la oxitocina.

¿Y qué hay de la genética? Porque numerosos laboratorios se han lanzando a buscar el “gen de la empatía”. “Cualquier cosa que se puede medir es accesible por el método científico –opina Arcadi Navarro–. Pero, ¿cómo mides la empatía? Si le pones a una persona un animal enfermo delante y le pides que lo acaricie, ¿es eso empatía? Carecemos de métodos para mesurar esta dimensión humana que no sean discutibles. Y hasta que no resolvamos esto no tiene sentido echar mano de la genética”.

¿NACEMOS EMPÁTICOS?

Entonces, ¿hay algo en nuestra biología que nos hace empáticos por naturaleza o, como defienden otros, es un aprendizaje cultural? “Tenemos que venir preparados de serie por fuerza, porque un plátano no podrá nunca llegar a ser empático y nosotros sí –sentencia Arcadi Navarro–. Ahora bien, de ahí a decir que los humanos somos empáticos por naturaleza hay un buen trecho”. Sí es cierto, agrega, que hay algunas características en los seres humanos que les hacen capaces en distintos grados de ser empáticos. Si hay que aprenderlas o las llevamos incorporadas de serie es poco relevante para este investigador. “Nos caracterizamos –recuerda– por una coevolución clara entre naturaleza y aprendizaje, genes y ambiente. Hay muchas cosas para las que estamos programados para aprender [como el lenguaje]. Tal vez por eso los bebés son menos empáticos que un adulto”.
Algunos animales también parecen demostrar cierta empatía. Jean Decety, investigador de la Universidad de Chicago y uno de los expertos más prominentes en el estudio de la moral, la empatía y la conducta prosocial, realizó un experimento: colocó a una rata atrapada en un tubo de plástico transparente, de manera que otros roedores pudieran verla. Y estos se lanzaban a intentar rescatarla, a pesar de que podían optar por ir a engullir chocolate, que les chifla. ¿Eran empáticos?

En cierta forma sí, dice Wassmann, que puntualiza que hay que distinguir diversos mecanismos dentro de la empatía. El más básico se activa al ver a otro, como cuando un bebé se pone a llorar porque ve a otro en pleno berrinche. Hay mecanismos más complejos, como el que permite identificarse con otra persona; o el que hace posible que se comprenda la situación de otra persona. Los primeros mecanismos los compartimos con los animales, el tercero es genuinamente humano. “Para desarrollar una conducta completamente empática, necesitas el córtex prefrontal, el cerebro social, propio de las personas”, dice Wassmann.

Una de las teorías neurocientíficas con más peso señala que el cerebro social del que habla Wassmann se formó hace unos 3,5 millones de años, cuando los primeros humanos salieron de la selva y empezaron a necesitar una mente más compleja que les permitiera pensar en los demás, en sus congéneres. Ser empáticos para sobrevivir.

“Hay una hipótesis que usa una metáfora bíblica y afirma que debemos nuestro cerebro al hecho de que nos expulsaron del paraíso”, señala Òscar Vilarroya, impulsor de la cátedra El cerebro social, de la UAB. En un momento determinado, nuestros ancestros se quedaron en la frontera entre la selva y la sabana y en esa situación era esencial la confianza en los demás integrantes del grupo para avanzar, porque había innumerables peligros. “Era clave interpretar la conducta del otro y la empatía permitió desarrollar una herramienta de pensamiento social muy potente para entender qué pasa a tu alrededor y actuar en tu beneficio o el de los tuyos”, dice el neurocientífico.

UN MUNDO MEJOR

¿Y si se pudiera enseñar a la humanidad a ser más empática? “Nos iría todo mucho mejor”, bromea Wassmann. Explica que en Alemania ya desde la guardería se trata de educar a los niños en esta cualidad, como también hacen en nuestro país las escuelas que aplican educación emocional. Otra científica alemana, Tania Singer, va más allá. No sólo está convencida de que se puede potenciar la empatía sino estimular la compasión en la sociedad. Afirma, sin miedo a parecer utópica, que así se conseguirá un mundo mejor.

Singer es investigadora del Instituto Max Planck de Neurociencias Cognitivas en Lepizig (Alemania) y está considerada una de las neurocientíficas sociales más influyentes, pionera en el estudio de la empatía. En el 2004, estando en el University College London, publicó en la revista Science los resultados de una investigación hecha con parejas para analizar la reacción de alguien que ve sufrir a quien ama. Ponía a las dos personas una frente a la otra y mientras una sufría una pequeña descarga eléctrica en la mano, se escaneaba el cerebro de la otra.

Así vio que se activaban diversas áreas en el cerebro relacionadas con el dolor y con las percepciones, como el córtex sensoriomotor y la ínsula. Y para su sorpresa, también algunas de las que hacen exclamar “¡ay!” cuando eso le ocurre a uno mismo. “Ese solapamiento es la raíz de la empatía”, aseguraba Singer. Esta neurocientífica se ha embarcado ahora en el estudio de la compasión, un concepto que aunque a menudo se suele usar como sinónimo de empatía, va un poco más allá. Para ello, ha escaneado el cerebro de un monje budista a quien pidió que se centrara en sentimientos de compasión. Descubrió sorprendida que se activaban aquellas áreas relacionadas con el amor romántico o la recompensa, como el núcleo accumbens o el estriado ventral.

Singer repitió la prueba, pero esta vez pidió al budista que se centrara en algo más concreto y este pensó en los niños de un orfanato de Rumanía que había visto en un documental televisivo. Entonces se activaron en su cerebro las mismas áreas identificadas en estudios anteriores sobre la empatía.
Si se puede entender qué ocurre, se puede fomentar, asegura esta investigadora, quien también usa videojuegos en los que confronta a un grupo de voluntarios con situaciones en que deben mostrarse empáticos para observar todas sus reacciones en el cerebro. De momento, ya ha visto que se activan dos patrones bien diferenciados: o bien un sentimiento vinculado a la dopamina y a los circuitos de recompensa del cerebro. O bien la llamada “red de afiliación”, que entra en funcionamiento al ver una persona la foto de su hijo o su pareja, y en la que están implicados la oxitocina y algunos opiáceos.

Singer, que en el último Foro Económico Mundial de Davos defendió una economía protectora, basada en la cooperación y la compasión en lugar de en la competición, estudia ahora si con actividades como la meditación es posible fomentar la empatía y la compasión. Si conseguimos entender esta característica humana y entrenarla, insiste, seguramente podremos lograr una sociedad mejor.
 

jueves, 5 de julio de 2012

Localizan una zona del cerebro que se activa cuando se toman decisiones en un contexto social


La interacción en el cerebro Un estudio publicado en la revista Science demuestra, a través de un experimento con el póquer, que una región del cerebro se activa exclusivamente durante la toma de decisiones en una interacción social.

FONT: http://neurologia.diariomedico.com/2012/07/05/area-cientifica/especialidades/neurologia/localizan-zona-cerebro-activa-toman-decisiones-contexto-social 05/07/2012 El estudio,  realizado por investigadores del Duke Center for Interdisciplinary Decision Science (D-CIDES) en Durham (EE.UU.), analizó a los participantes mientras jugaban al póquer con otras personas o contra una máquina. Se demostró que  una pequeña zona del cerebro donde se encuentran los lóbulos temporal y parietal  (TPJ, por sus siglas en inglés) solo se activaba cuando el oponente era un ser humano.

Las señales emitidas en la zona TPJ indicaban a los investigadores si el jugador tenía intención de echar algún farol a su oponente, especialmente si se creía que éste último era un experto en póquer. Sin embargo, dichas señales no predecían el comportamiento del sujeto cuando éste jugaba contra una máquina. En palabras de McKell Carter, miembro de la Universidad de Duke, los participantes prestaban menos atención a su oponente cuando se trataba de una máquina.

"Existen diferencias neurológicas importantes entre las decisiones tomadas en situaciones sociales y no sociales" explicó Scott Huettel, autor del estudio, director de D-CIDES y profesor de Psicología y neurociencia en la Universidad de Duke. La información de tipo social puede provocar en nuestro cerebro otras reacciones distintas que cuando se toman decisiones en un contexto donde no se interactúa con otros. Estas diferencias neurológicas ayudan a los científicos a entender de qué manera nos decantamos por una u otra resolución. Además entendiendo cómo el cerebro reconoce competidores y colaboradores para un futuro conflicto podemos llegar a comprender comportamientos como la empatía.

Durante todo el experimento, otras zonas del cerebro cuya función es específicamente social no enviaron información estrictamente de ese tipo lo que indica, según Carter, la flexibilidad de nuestro cerebro.

lunes, 28 de febrero de 2011

Antes y después de conocer el cerebro




Entrevista de Eduard Punset con Carlos Belmonte, Instituto de
Neurociencias de Alicante. Barcelona, 14 de enero de 2011.






Vídeo del programa:


http://www.redesparalaciencia.com/redes-85-antes-y-despues-de-conocer-el-cerebro


Lo más sencillo es empeorar el cerebro y muy difícil mejorarlo.


Carlos Belmonte




Eduard Punset:


Estamos en la Llotja de Mar. Es la antigua lonja. Durante siglos se vendía pescado aquí y
después fue Bolsa, antes de que nos diera cobijo para hacer nuestra entrevista a Carlos,
nuestra reflexión conjunta, no tanto sobre, como hemos hecho tantas veces, sobre el pasado
del cerebro y sus patologías y sus tropelías, a veces, ¿no?, como para hablar un poco del
futuro. Lo que me gustaría es que habláramos un poco, que reflexionáramos sobre el impacto
social de la nueva, llamémosla “neurociencia”. Yo te he oído mencionar y te he leído que uno
de los espacios más afectados va a ser el de la Administración de Justicia, en el sentido de que
estamos aprendiendo determinadas cosas del cerebro que nos llevan a no fiarnos en absoluto
del testimonio de un testigo que en un juicio se supone que tiene que decidir en un sentido u
en otro la justicia, ¿no? ¿Qué hay de esto?



Carlos Belmonte:


Yo estoy de acuerdo, vamos, diría que el cambio va a ser casi dramático. Yo creo que la
justicia del futuro se tiene que orientar no a castigar al que ha actuado de una determinada
manera porque ha actuado de una manera que se considera mala socialmente sino a entender
cuál es el problema que determina esa conducta en términos biológicos, en términos de
funcionamiento cerebral, y saber si es reversible o no. Si se puede arreglar, se arregla. Si
tenemos las herramientas para poder modificarla, pues se arregla y si no…



Eduard Punset:


¿Y si no?



Carlos Belmonte:


Pues habrá que aislarlos pero no nos venguemos de ellos.



Eduard Punset:


Fíjate, he visto hace poco una cifra que me ha alarmado: un 30% de los internos en las
cárceles…



Carlos Belmonte:


En las prisiones, sí.



Eduard Punset:


En las prisiones, en Estados Unidos, resulta que son psicópatas en el sentido de que tienen
alguna alteración… En la órbita frontal, ¿no?



Carlos Belmonte:


Sí. Absolutamente. Ése es el problema y probablemente estamos afinando poco… Es decir,
son personas que, por razones diversas que podemos comentar, el desarrollo de su corteza
órbito-frontal en particular, del lóbulo frontal de las áreas del cerebro que se encargan de la
empatía, de la valoración de nuestras conductas, de la inhibición de nuestras conductas,
etcétera, están mal…, los circuitos no…



Eduard Punset:


Mal gestionados.



Carlos Belmonte:


Mal gestionados, no funcionan adecuadamente… o simplemente ha habido daños o se han
organizado de una manera que socialmente es inaceptable, entonces esas personas van a tener
una conducta patológica pero, claro, yo creo que es importante ser capaces de distinguir eso,
ver que determinadas conductas son casi imposibles de controlar por la propia…, porque es el
propio cerebro que funciona mal el que tiene que controlar eso y lo que falla son esos
sistemas.



Eduard Punset:


Mi pregunta sobre esto es la de saber si existe una tabla de salvación, ¿no?, para mucha gente
que, probablemente, no tienen empatía o, mejor, no la gestionan bien porque nadie les ha
enseñado nada… Entonces, aquí tenemos una falta de empatía por falta de educación.
Seguramente, es mi pregunta: ¿Cabe educar a alguien en los temas de empatía y de otras
emociones?




Carlos Belmonte:


Yo creo… Vamos, el cerebro es muy plástico afortunadamente, es decir, tiene mucha
capacidad de aprendizaje
. Los períodos infantiles son críticos en ese desarrollo porque, al
final, estamos hablando de formación de circuitos y conexiones que, por supuesto, tienen una
plasticidad a lo largo de la vida pero limitada en el desarrollo, y sobre todo cuando cruza uno
la frontera de los 22, 23 años, que es cuando se produce el recorte final de las conexiones
sinápticas en el cerebro
, a partir de ahí, circuitos con una base emocional profunda y que son

muy primarios en nuestra…, en nuestro desarrollo del cerebro y, por lo tanto, son muy
dependientes genéticamente, es decir, están muy pre-impresos…



Eduard Punset:


¿Me estás diciendo que a los 25 años, más o menos, termina la fabricación de este…?



Carlos Belmonte:


Hombre, tanto como terminar no, pero en gran medida… Bueno, lo que pasa es que tampoco,
como en todo, no hay que ser muy drástico. Por ejemplo, una de las cosas que se ha visto es
que en la…, esa interpretación de las caras, de la empatía, aumenta con la edad, o sea que a
medida que uno se va haciendo mayor, lo hace mejor. O sea que se está aprendiendo durante
períodos mucho más tardíos de la vida. La edad a la que me refiero, que es la de la
adolescencia
, es que es un momento muy crítico en…, en realmente la conformación de lo

que va a ser la estructura de la corteza órbito-frontal en el sentido amplio, cercana a las
grandes…, los grandes valores de cómo se organiza. Entonces… Por eso la adolescencia es un
período tan crítico
, ¿no?




Eduard Punset:


Una de las primeras cosas de las que me he dado cuenta al reflexionar sobre el futuro del
cerebro, nuestro cerebro, es que el consumo de analgésicos de los ciudadanos aumenta a una
tasa inverosímil, corrígeme si estoy equivocado, del 20% anual.



Carlos Belmonte:


Efectivamente.



Eduard Punset:


O sea que, si esto es cierto, resulta que, bueno, el dolor de cabeza en este caso, o de lo que
sea, se ha convertido realmente en un problema social, en algo que debiéramos pararnos y
pensar un poco qué hacemos con el dolor de la gente.



Carlos Belmonte:


Es que ha sido siempre un problema, lo que pasa es que frente a la incapacidad de resolverlo
pues las doctrinas religiosas y sociales predicaban la resignación. Y ahora yo creo que la
ciencia lo que dice es que el dolor es básicamente innecesario. Una vez ha cubierto su

objetivo principal que es avisar de que hay algún problema, que hay una lesión, que hay un
daño, pero una vez se sabe eso, el dolor hay que eliminarlo. La actitud científica hoy día es:
“eliminemos el dolor siempre que sea posible”. Lo que pasa es que lo padece un 15% de la
población, es decir…



Eduard Punset:


Oye, o sea, vamos a ver, Carlos, cuando me duele una muela, lo primero, supongo, es que la
supuesta inflamación en la muela es transmitida como una señal de alarma al cerebro…


Carlos Belmonte:


Efectivamente.


Eduard Punset:


Y dice: “Eduardo, atención, tienes dolor, haz algo.” Y lo que tú me estás diciendo es que antes
lo que decíamos es: “Lo siento, resígnate. No lo toques. Hasta es bueno para la otra vida.” Y
ahora, en cambio, podemos combatir ese dolor y debemos combatirlo. ¿Cómo?



Carlos Belmonte:


Bien, efectivamente, podemos y debemos, porque tú lo has dicho, una vez se ha cubierto ese
objetivo de alarma, el dolor sostenido, el dolor crónico acaba convirtiéndose en un problema
per se, es decir, llega un momento en que la causa original deja de tener importancia y el
problema es el dolor. Y hoy día el dolor más grave es lo que se llama el “dolor neuropático”,
que es el dolor que se deriva de un mal funcionamiento del sistema de dolor en el sistema
nervioso. Entonces, eso, es el gravísimo problema, el peor resuelto de los temas de dolor
porque es verdad que hoy día tratamos de manera satisfactoria un gran número de dolores. Tú
has dicho: “te duele la muela, Eduardo”, pero te tomas una aspirina o un analgésico
inmediatamente. Yo diría que el 70% de los dolores, y todos los dolores triviales, se quitan
con fármacos que actúan fundamentalmente a nivel más periférico, tipo los antiinflamatorios,

todos los antiinflamatorios no esteroideos, que son los más frecuentes, y luego algunos con
una acción central pero que no son opiáceos.



Eduard Punset:


Pero tengo un amigo médico que me dice que en realidad podríamos utilizar en mucha mayor
medida la morfina…



Carlos Belmonte:


Cierto.



Eduard Punset:


Y que el único peligro que tiene la morfina, no sé si eso es cierto, es que en un momento dado
te puede provocar un corte en la respiración. ¿Es verdad eso o…?



Carlos Belmonte:


Sí. Es decir, el problema de la morfina dada de manera crónica… Primero, es diferente
cuando se toma para tratar el dolor que cuando se toma como una droga de abuso o de recreo.
Y entonces los dos problemas son la tolerancia, es decir, cada vez hay que dar más para
obtener el efecto y se llega a producir… y luego empieza, a partir de unas determinadas
concentraciones, a tener efectos secundarios, incluyendo que deprime la respiración, reduce
mucho la actividad gastrointestinal, es decir, tiene problemas pero, por razones casi más
culturales que médicas, los médicos hemos tenido una cierta resistencia a utilizar la morfina.
Y sigue… Y la OMS ha advertido de la falta de uso de morfina en cierto tipo de dolores,
sobre todo dolores terminales, dolores crónicos muy intensos, dolores cancerosos, que no se
está dando ni en las concentraciones ni en las dosis adecuadas, quiero decir, ni con la rapidez
adecuada.



Eduard Punset:


No sin antes recordar que, realmente, hay gran parte del dolor que es innecesario porque
podríamos aliviarlo, podríamos suprimirlo e incluso los médicos tienen una cierta reticencia
heredada a…



Carlos Belmonte:


Es cultural. Es que insisto, nuestra tradición de la manera de resolver un problema que era
irresoluble, es decir, eso de alguna manera, te dignifica el dolor. Lo has comentado tú, la
posición judeocristiana ha sido esa. Entonces, el sufrimiento, de alguna manera, nos sirve para
trascender. Desde un punto de vista científico no estamos en absoluto de acuerdo con esa
aproximación.



Eduard Punset:


Y una cosa que es…, que también me fascina y que hace todo esto posible es ver que frente a
incitaciones o móviles externos, la gente reacciona igual o de forma muy parecida o sea que
es muy curioso ver, constatar, la similitud en el cerebro de la gente a pesar de lo distintos que
suelen ser, o sea, las decisiones son muy similares cuando lo que la provoca es una cosa y no
otra.



Carlos Belmonte:


Claro porque es que en muchas de nuestras respuestas, sobre todo ésas que todo el mundo
responde igual es que, al final, si uno lo analiza, estamos respondiendo a las presiones
evolutivas… Es decir, somos animales que están respondiendo a las dos grandes direcciones
de supervivencia y reproducción, que es lo que guía al final a todas las especies.
Entonces, en

determinadas situaciones, cuanto más se acercan a eso, más homogéneas son las respuestas. Y
además más resonancia hay entre los miembros del grupo, ¿no?, porque se están manejando
los mismos elementos. Cuanto más primarios…



Eduard Punset:


Evolutivos…



Carlos Belmonte:


Claro, y cuanto más primarios, más elemental es la reacción frente a la amenaza, el peligro, el
miedo, todas esas sensaciones o emociones muy primarias dan lugar a respuestas bastante
estereotipadas dentro de todo.




Eduard Punset:


Muy bien. O sea, hemos visto que el inconsciente se las trae, que tiene una fuerza vamos, que
puede protagonizar procesos cognitivos de una complejidad que ni habíamos soñado, ¿no?, y
eso da cauce al neuromarketing y la neuroeconomía y todo lo que quieras. Déjame preguntarte
otra cosa y estoy viendo la máquina… ¿Qué o cuáles son las conexiones entre… o las
interacciones entre el cerebro y las máquinas?


Carlos Belmonte:


Es un nuevo campo, uno de los grandes caminos que se le abren a la neurociencia desde
muchos puntos de vista. Entender el cerebro implica encontrar los circuitos que sustentan
nuestros procesos más complejos: cognitivos, emocionales, sensitivos, de todo tipo.
Y para

poder entender cómo cien mil millones de neuronas, que se conectan entre sí casi mil veces
unas con otras, están interaccionando en niveles de milisegundos, sólo se puede comprender
en términos cuantitativos utilizando ordenadores, es decir, hay que pensar que el futuro
probablemente de la investigación del cerebro, a medida que vayamos profundizando en
identificar los circuitos y en ver cómo funcionan sus diferentes elementos, la manera de
modelizarlos va a tener que ser a través de máquinas, de ordenadores…



Eduard Punset:


Con prótesis y…



Carlos Belmonte:


Bueno, registrando actividad dentro del cerebro. Eso, por una parte, pero luego hay otra parte
que es absolutamente fundamental que es que en última instancia el cerebro es una máquina
que funciona con impulsos eléctricos que se pueden registrar y es posible conectarlos con una
máquina exterior y yo, personalmente, creo que la interacción entre el cerebro manejando
máquinas, es decir, sustituyendo o aumentando sus capacidades, conectándose con máquinas
que pueden ser desde mecánicas hasta otros, ordenadores, pues tiene unas posibilidades
brutales
y ya las está empezando a tener, es decir, se están empezando a hacer… Registrando

cincuenta neuronas en la corteza cerebral de un mono se consigue que maneje un brazo
artificial con la misma destreza con la que manejaría su propio brazo.


Eduard Punset:


¿Yo podría, podría, un día, eh, dentro de cien años, saber lo que estás pensando ahora en este
momento?



Carlos Belmonte:


Hombre, a mí, soy muy poco, muy poco partidario de hacer profecías en ciencia…



Eduard Punset:


Sí, pero…



Carlos Belmonte:


Bueno, porque uno se equivoca pero, en principio, considerando que…, estar pensando, lo
que para mí quiere decir es que una serie de circuitos en mi cerebro están funcionando. Si
tenemos la capacidad de registrar esa actividad y procesarla por un sistema coherente como
sería un ordenador, por supuesto que se podría, digamos, hacer el equivalente a mi
pensamiento porque luego ya la experiencia subjetiva es algo que es imposible de transmitir
pero si yo consigo reproducir en una máquina exactamente lo mismo y las respuesta son las
mimas pues es el nivel de análisis al que puede llegar la ciencia en esto y en otras tantas
cosas.



Eduard Punset:


Estaba pensando que qué sería de los políticos y de la política si hubiera esta facilidad de…



Carlos Belmonte:


Bueno, ya sabes que uno de los grandes temas, hablabas antes de la justicia y de la influencia
en la justicia, es la utilización de recursos mecánicos o… para ver si un sujeto miente o no
miente y es un tema que está muy candente, ¿no? Ha habido algunos registros utilizando
imagen cerebral en los que se puede detectar que una persona miente fundamentalmente
presentándole, viendo que cuando se le presentan detalles de una situación que sólo él puede
conocer, pues se iluminan determinadas áreas cerebrales lo cual quiere decir…, se puede
saber que eso lo sabía aunque él niegue que lo sabía, por ejemplo. Hay una gran discusión de
hasta dónde se puede llegar con el uso de este tipo de técnicas. Evidentemente, hoy en día, no
podemos darles una fiabilidad. Lo que pasa es que nos vamos acercando asintóticamente a la
realidad, quiero decir, que se utilizan como pruebas más o menos sólidas los detectores de
mentiras cuya posibilidad de acierto es de un 50%, y bueno, la imagen cerebral
probablemente ya con todas las limitaciones que tiene todavía, pues se acerca más a detectar
con mayor precisión determinado tipo de cosas. No si miente o no miente pero si vio o no vio
una situación, por ejemplo, cosas así.



Eduard Punset:


Es fascinante, ¿no?, ver cómo se ha avanzado en el conocimiento del cerebro…



Carlos Belmonte:


Es espectacular, realmente, es espectacular.



Eduard Punset:


No hay otro campo igual, realmente.



Carlos Belmonte:


Yo creo que no. Yo creo que en este momento, sinceramente, es el gran desafío y el gran
avance y yo creo que va a ser el gran cambio de la sociedad del siglo XXI, sin duda.

domingo, 2 de enero de 2011

Educar las emociones

LA VANGUARDIA  Estilos de Vida del sábado 1 de enero de 2011
Les enseñamos a montar en bicicleta y a comer con cubiertos... Nos preocupamos por su destreza matemática y su nivel de inglés... ¿Y de sus emociones? ¿Nos ocupamos de que los niños distingan si están tristes o enfadados, de que puedan expresar su rabia o su rechazo sin dañar a otros? 


“Los padres nos preocupamos como nunca de que nuestros hijos estén preparados para una sociedad competitiva: controlamos que el sistema educativo les proporcione un buen desarrollo cognitivo y los apuntamos a todo tipo de extraescolares y de actividades complementarias para conseguir que los niños sean más inteligentes, más eficaces; en cambio, damos muy poca importancia a su aprendizaje emocional y este es fundamental, porque sin equilibrio emocional nuestro hijo no será feliz, ni le veremos triunfar en su vida, por muy preparado que esté”. La reflexión es de Purificación Sierra, profesora de Psicología del Desarrollo de la Uned, pero resume bien el sentir de muchos psicólogos, pedagogos, maestros y educadores en general, que con frecuencia expresan su inquietud por la escasa atención que se presta en muchas familias a la educación emocional de los niños.

Cristina Gutiérrez ha visto pasar por la granja escuela que dirige en Santa Maria de Palautordera (Barcelona) a más de 10.000 niños y niñas de todas las edades, y asegura que le preocupa ver que cada vez llegan más con evidentes problemas emocionales. “Nos llegan muchos niños con poca autoestima, que sienten que sus vidas no les pertenecen, fruto de la sobreprotección de sus familias, y también vemos muchos con problemas emocionales y de relación porque en casa viven incomunicados, volcados en la consola y el ordenador, esperando a que lleguen sus padres de trabajar para cenar delante del televisor y regresar a su isla, comenta. Y apunta que estos problemas se concretan en niños de 8 y 9 años que no saben bajar escaleras, o en malos hábitos alimentarios, como una niña que llegó con siete fuets en la mochila para pasar el fin de semana de colonias porque no le gusta ni come nada más. “Con su sobreprotección, los padres dejan a sus hijos desprotegidos para afrontar la vida, con unas carencias emocionales muy importantes”, asegura Gutiérrez, que hace cuatro años decidió reorientar todas las actividades de la granja escuela en aras de la educación emocional: desde enseñar a los niños a identificar y verbalizar sus emociones, hasta aprender a controlar sus miedos, a canalizar sus enfados o a relacionarse con otros.

Cabría pensar que las emociones se aprenden solas, a fuerza de sentirlas, pero parece que no siempre es así, y que el equilibrio emocional requiere algunas enseñanzas y, sobre todo, mucho entrenamiento. “El conocimiento de las emociones se aprende a través de las experiencias de la vida: si hay una tormenta o siente una amenaza, el niño tiene miedo; si sufre una pérdida, está triste; pero cada uno reacciona emocionalmente de forma distinta, porque no nos emociona lo que ocurre sino cómo interpretamos lo que ocurre”, explica Antonio Vallés, profesor de Psicología de la Salud de la Universidad de Alicante y autor de La inteligencia emocional de los hijos. Cómo desarrollarla (EOS Gabinete de Orientación Psicológica) y La inteligencia emocional de los padres y de los hijos (Pirámide), entre otros libros. Y es en esa interpretación de lo que ocurre, de lo que sentimos y de cómo reaccionamos ante ello en la que los padres tienen mucho que hacer con miras a la formación emocional de sus hijos. "A medida que los niños van desarrollando las emociones no saben lo que les pasa; pueden aprenderlo de forma natural, por experiencia, pero también podemos ayudarles y alentar ese desarrollo etiquetando sus emociones, enseñándoles a distinguir cuando están enfadados de cuando están tristes; y está demostrado que si los padres ayudan, los niños se relacionan mejor y entienden mejor lo que les pasa", asegura Purificación Sierra.

Etiquetar los sentimientos

Porque el primer paso en el aprendizaje emocional es lo que los expertos llaman conciencia emocional: saber identificar las emociones en uno mismo y en los demás y ser capaz de expresar lo que se está sintiendo con palabras.Y eso, en el caso de los niños, significa enseñarles a comprender qué emociones tienen en cada situación, si son adecuadas para relacionarse con los demás y para sentirse bien, pero también dotarlos de vocabulario suficiente para expresarlas. Las seis emociones básicas, que se reconocen fácilmente por su expresión facial –alegría, tristeza, miedo, enfado, sorpresa e ira–, han de ir completándose, a medida que los niños crecen, con otras etiquetas emocionales que permitan definir con exactitud qué emoción, sentimiento o estado de ánimo tienen. Felicidad, satisfacción, optimismo, tranquilidad, calma, buen humor, euforia o júbilo pueden permitir expresar diferentes grados y percepciones de la alegría; como molestia, irritación, celos o furia pueden expresar enfado; o preocupación, temor, nerviosismo, horror y pánico pueden servir para concretar el miedo.

Y no menos importante que enseñar a los hijos a poner nombre a lo que sienten es dejarles que lo expresen, que en casa puedan llorar si están  tristes o contar que alguien les cae mal sin que se les censure y sin que se reste importancia a aquello que les pasa. “Si se sienten incomprendidos, si les decimos que no pasa nada, que lo que les ocurre es una tontería, no lo expresarán más”, advierte Sierra.

Controlar y socializar las emociones

Pero que no haya que censurar al niño porque está enfadado o triste, que no haya que negar las emociones, no quiere decir que haya que dejar que las exprese de cualquier manera. “No se trata de decir al niño que expresa su ira dando una patada que no tiene que enfadarse; hay que explicarle, cuando se calme, que enfadarse es normal, que nos pasa a todos, pero que ha de controlar su impulsividad y buscar otras vías de expresar su rabia sin dañar a otros”, afirman los expertos consultados. Cristina Gutiérrez explica que, en La Granja, los animan a liberarse de la rabia yendo a correr o a chillar al patio, dando patadas al balón o golpes a un saco de boxeo.

La psicóloga Purificación Sierra enfatiza que el comportamiento emocional tiene mucho de social y por eso hay que enseñar a los hijos a regularlo. “Se acepta que un niño llore al dejarlo en la guardería o en su primer día de colegio, pero no que lo haga cada día con cinco años; también admitimos que de pequeños expresen su desagrado si un regalo no les gusta, pero si crecen diciendo siempre lo que piensan y sienten, resultarán conflictivos; por eso hay que desarrollar su empatía y enseñarles a regular sus comentarios para que no hagan daño a quien les regala con ilusión”, ejemplifica. Antonio Vallés da algunas pautas para enseñar a regular las emociones negativas de enfado, miedo y tristeza: “Expresar el enfado de manera inteligente y socialmente adecuada exige controlar las rabietas y respuestas agresivas sustituyéndolas por conductas verbales que expresen el estado de ánimo pero sin alterarse demasiado y respetando a los demás; las respuestas de miedo y enfado deben regularse mediante la relajación, la respiración y el cambio de pensamiento; si aprendemos a relajarnos, a darnos cuenta de cuándo empezamos a enfadar nos o a asustarnos y respiramos  profundamente, nos autohablamos (debo tranquilizarme, es mejor que me  calme, etcétera), estamos gobernando nuestras emociones y evitaremos que nos alteren y descontrolen”.

Rafael Bisquerra, director del máster en Educación Emocional de la Universitat de Barcelona (UB), considera que la clave de la regulación emocional es encontrar el equilibrio entre el descontrol propio de la impulsividad del organismo (una emoción es una respuesta neurofisiológica) y la represión. Y advierte que encontrar ese punto intermedio no es fácil, requiere entrenamiento y, sobre todo, un buen equilibrio emocional de los padres. “No puedes pedir a tu hijo que controle su ira gritándole; que él esté descontrolado, que grite, no nos autoriza a descontrolarnos nosotros; y eso, que es fácil de decir y entender, esmuydifícil de aplicar, porque para tolerar sus gritos con cierta impasibilidad hay que tener autonomía emocional, no dejarnos arrastrar por las emociones de los otros o del entorno, y ser capaz de relacionarnos de forma positiva”, explica Bisquerra. En su opinión, desarrollar las competencias emocionales propias y de los hijos es cuestión de entrenamiento, como tocar en una orquesta o jugar en un equipo de fútbol, y resulta fundamental para poder relacionarse con los hijos, especialmente durante la adolescencia. “Los padres con hijos adolescentes se enfrentan a una tensión continua donde el chaval tiene una gracia especial para decir todo aquello que provoca una reacción visceral en los padres, y estos han de poder regularse para no ponerse al mismo nivel, para mantener los límites con cariño y responder a los ataques iracundos con el amor y no con más ira, relata.

También el profesor Vallés cree que los padres han de prestar especial atención a los estados de ánimo de los hijos adolescentes porque los cambios psicológicos, biológicos y sociales que viven en esas etapas les producen nuevas emociones que deben aprender a identificar, expresar y regular. “Los padres deben mostrarse especialmente comunicativos, dispuestos a escuchar sin censurar y a ayudar, porque eso contribuye a disminuir la intensidad de un estado de tristeza, desánimo, temor o inquietud; hay que afrontar sus conductas de descontrol y sus respuestas irascibles con una actitud empática, enseñándoles calma, sosiego y haciéndoles comprender que lo que piensan cuando están enfadados es diferente de lo que pensarían en una situación de calma y tranquilidad”, indica.

Claro que, para poder actuar así, los padres han de saber regular bien su ansiedad y su ira. “Está claro que no es fácil, pero las consecuencias de no preocuparse por la formación emocional son tan graves, que vale la pena intentarlo”, remarcan los especialistas consultados. Bisquerra apunta que la falta de formación emocional se traduce en una impulsividad descontrolada y en una baja tolerancia a la frustración, “unas condiciones que, cuando coinciden con una inteligencia media baja, dan lugar a unas relaciones explosivas entre padres e hijos –sobre todo en la adolescencia–, y predisponen a actitudes de riesgo como el consumo de drogas, embarazos no deseados, conducción temeraria, violencia de género, depresión... Como modificar el nivel de inteligencia es complicado, el director del máster en Educación Emocional de la UB considera que la mejor forma de prevenir todos esos problemas es desarrollar competencias emocionales para controlar la impulsividad y aumentar la tolerancia a la frustración.

Antonio Vallés cree que el esfuerzo de los padres para mejorar el comportamiento de los hijos acostumbra a centrarse en las normas de conducta y la disciplina “y, sin embargo, el conocimiento de las emociones y sentimientos de los hijos puede ayudar mucho a la comprensión de uno mismo y también a entender las causas de sus conductas”.

sábado, 17 de julio de 2010

"Al niño se le hace creer que sus deseos son sus derechos"

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Jorge Barudy, neuropsiquiatra, psiquiatra infantil y terapeuta familiar

IMA SANCHÍS -  LA CONTRA - LA VANGUARDIA - 16/07/2010

Tengo 61 años. Nací en Chile y vivo en Vilanova i la Geltrú. Estoy casado por segunda vez, tengo tres hijos de mi primer matrimonio y una niña adoptada que tiene 5 años: lo más placentero de mi vida es educarla y estar con ella. Soy de izquierdas y agnóstico o era médico rural. Después de una experiencia de cárcel Y y de tortura en Chile, llegué como refugiado político a Bélgica en 1975 gracias a AI. Y allí estudió Psiquiatría. Fue una manera de reconstruirme. Me especialicé en los traumas provocados por la violencia política y por el entorno familiar.

Los malos tratos en la infancia, dice su currículum.

Más bien los buenos tratos. Considero que los malos tratos son una excepción; la mayoría intenta tratar bien a sus hijos, lo que pasa es que ser madre o padre es un desafío.

¿Cuál es el mayor de los desafíos?

Poder aportar a los niños de forma continua cuidados y estímulos para su desarrollo, afectividad, educación; y ayudarles a integrar una imagen de sí mismos contributiva y positiva que les permita ser seres sociales.

Ahora está de moda hacer de los niños ciudadanos en lugar de personas.

Sin duda los modelos de crianza están muy influenciados por la cultura dominante del momento. Y hay una confusión entre derecho de los niños y libre albedrío.

¿A qué se refiere?

Ahora se fomenta el deseo en el niño desde muy pequeño porque el modelo de mercado necesita consumidores. Al niño se le hace creer que sus deseos son sus derechos, que desear es un valor fundamental.

Perverso.

Sí, se le fomenta el tenerlo todo y ser diferente al mismo tiempo, el resultado es lo que vemos a nuestro alrededor: niños, adolescentes y jóvenes muy egocéntricos que, en general, no respetan la autoridad.

¿Cómo ejercer la autoridad?

La autoridad se gana si uno tiene la capacidad de decir no sin miedo, sabiendo que es bueno para el niño restringir algunas libertades en un momento determinado.

¿Debemos leer muchos libros de psicología para ser buenos padres?

Los modelos de parentalidad se adquieren viviendo, los adquieres de tus padres.

Entonces repetimos y no avanzamos.

Hay elementos del modelo de tus padres que tú interiorizas pero que afortunadamente vas recreando y comparando con la familia del vecino, de tus amigos o con lo que lees. Así vas creando tu propio modelo.

Eso parece más interesante.

Si vives en un sistema muy cerrado, no tienes posibilidad de comparar y el riesgo de repetición es grande; pero si tienes la posibilidad de vivir en un sistema más abierto, puedes decir: "Esto no es lo que yo quiero".

Resiliencia.

Sí, que emerge de vivir experiencias alternativas, nuevos modelos de identificación. He tenido niños de 5 años en mi consulta que me han dicho: "Yo no quiero ser como mi papá". No todos los hijos de padres incompetentes repiten la incompetencia.

Ese era uno de los absurdos de la psicología: condenar a los hijos que han sido maltratados a ser maltratadores.

Sí, uno de tantos absurdos que yo he denunciado. El 40% de las teorías psicológicas son creencias transformadas en paradigma.

¿Qué más debemos saber los padres?

Que las capacidades fundamentales para ser padre o madre competentes son el apego y la empatía. La investigación en neurociencia muestra que la carencia afectiva y el estrés en la primera infancia provocan una desorganización del cerebro emocional o una atrofia que hace que se reduzcan las capacidades de ser empático.


Por mucho que lo digan los neurólogos, me rebela asumir que a partir de los tres años las cosas no tengan remedio.

Las carencias afectivas y el estrés provocan daños, pero tiene usted algo de razón en que no hay que negar la esperanza, porque el cerebro tiene una plasticidad estructural maravillosa, y yo soy testigo de ello.

También hay mucho niño malcriado.

El buen consumidor tiene poco control de la frustración. Es muy curioso ver a niños que ante un capricho dicen: "¡Es que lo necesito!", han interiorizado que es una necesidad y, a menudo, los padres ceden porque la presión es enorme y tienen poco tiempo para modular el conflicto, ya que el sistema impone que todo sea rápido y eficaz.

Nosotros somos el sistema.

Otro de los valores básicos es el hedonismo, con lo cual, esa parte poco divertida de educar la vivimos mal, incluso como culpa.

¿Presencia y coherencia?

... Y modelos de crianza, hay que abrirse al diálogo con otras madres y padres y con buenos profesionales. No puedes ser un buen padre si no confías en una red social. Otra pauta importante pero difícil es saber que lo que no hacemos bien con nuestros hijos tiene mucho que ver con lo que nuestros padres no hicieron bien con nosotros, y eso nos da la oportunidad de corregirlo.

¿Por qué cree que hay tantos niños con déficit de atención?

Se diagnostica en exceso. El déficit atencional es la manifestación de una mente desorganizada que puede ser por estrés, por carencias afectivas o por exceso de estimulación afectiva, que quiere decir darle al niño todo lo que quiere. De todos los casos diagnosticados, se estima que sólo un 8% tiene que ver con una carga genética.


¿La manera en que tu hijo se comportará en la adolescencia es una lotería?

No, detrás de un adolescente constructivo y feliz hay unos padres que se lo han currado, han estado presentes y han educado.




El desafío

Fue uno de los 80.000 torturados por Pinochet. Cuando se exilió a Bélgica fundó la ONG EXIL, para la atención médicopsicosocial de las víctimas de violaciones de derechos humanos, y el Instituto de Formación e Investigación sobre la Violencia (IFIV), pero la mayor parte de su bibliografía está dedicada a la infancia. Su último título, Los desafíos invisibles de ser madre o padre (Ed. Gedisa), analiza las competencias parentales, la capacidad de apegarse y empatizar. En su consulta trabaja los problemas del niño conjuntamente con los padres, "porque la neurociencia nos ha enseñado que los desajustes infantiles tienen que ver con su interacción con su entorno: su padre, su madre, el colegio...".