Mostrando entradas con la etiqueta intel·ligència executiva. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta intel·ligència executiva. Mostrar todas las entradas

jueves, 5 de julio de 2012

La inteligencia ejecutiva de José Antonio Marina***

El millor llegat del passat en armonia amb les últimes aportacions de les neurociències. Simplement magnífic!

FONT: Suplemento Culturas de LA VANGUARDIA 20/06/2012 ESTEBAN HERNÁNDEZ

La capacidad de dirigir el comportamiento se basa en elegir bien las metas, aprovechar la información disponible y regular las emociones | Propone dar prioridad a "la capacidad de soportar el esfuerzo, de aguantar las molestias y de guiarse por recompensas lejanas" | Marina pone de relieve nociones populares en la psicología del pasado, como la voluntad o el carácter, que parecían haber desaparecido de escena


La inteligencia es uno de los ejes del pensamiento de José Antonio Marina (Toledo, 1939), con sus implicaciones en la creatividad artística, la educación y la ética. El pensador apuesta ahora por el concepto de 'inteligencia ejecutiva', aquellas habilidades gracias a las cuales somos capaces de convertir las ideas en realidades. Revisamos éste y otros hilos conductores de su obra 

Obras de José Antonio Marina
  •  Crear en la vanguardia LIBROS DE VANGUARDIA 360 PÁGINAS 9,95 EUROS
  • La inteligencia ejecutiva ARIEL / BIBLIOTECA UP 192 PÁGINAS 16 EUROS
1. Cuenta J.A. Marina el caso de un exalumno, un chico con un elevado coeficiente de inteligencia y exitoso estudiante, que comenzó a creerse por encima de sus maestros. Dotado de notables cualidades, se dejó llevar por la sensación de que ninguna de las personas que le rodeaba podía enseñarle algo. Perdió interés por los estudios y empezó a liderar una banda de chavales a los que animaba a cometer pequeños hurtos. Quince años después, aquel joven está en la cárcel por tráfico de drogas. ¿Podríamos decir que estamos ante una persona inteligente? No lo parece.

Otra historia relatada en La inteligencia ejecutiva, que Marina toma prestada del psicólogo Robert Hare, es la de un niño de trece años que mató a golpes a un compañero porque no le había proporcionado la cantidad de droga que habían pactado a cambio de 250 dólares. Lo llamativo era que el asesino fue definido por su comunidad como un chico normal, cuando hablábamos de alguien que delinquía con frecuencia, fumaba marihuana y había sido expulsado de su colegio por robar. De alguna forma, las características del chico, como la impulsividad, la irresponsabilidad y su falta de remordimientos, no sólo habían dejado de ser rechazadas y combatidas por su entorno, sino que eran contempladas desde la complacencia. Rasgos psicopáticos como los citados no sólo son ya frecuentes, sino que comienzan a ser percibidos, en determinadas áreas de nuestra sociedad, como dignos de imitación.

En ambos ejemplos quedan sintetizados dos de los equívocos más frecuentes con los que la educación suele tropezar. Por un lado, entendíamos que la inteligencia estaba vinculada únicamente a cuestiones como la capacidad deductiva, el conocimiento, la lógica, etcétera, lo que hacía que juzgásemos a alguien como sobresaliente con independencia de su conducta. Así, un profesor de ética podía ser muy brillante, y admirado por tal hecho, aunque sus comportamientos privados distasen mucho de ser correctos. Pero, como demuestra el caso del joven delincuente, ¿de qué nos sirve ser tan listos si no somos capaces de sacar provecho de nuestras habilidades? ¿No tendría la inteligencia mucho más que ver con poder disponer de los mecanismos necesarios para escoger nuestras metas y realizarlas efectivamente? Esta es, sin duda, la perspectiva que prefiere Marina, para quien la inteligencia ejecutiva, el concepto con el que intenta dar un paso adelante en su teoría, no es otra cosa que "la capacidad de dirigir bien el comportamiento, eligiendo las metas, aprovechando la información y regulando las emociones". Aquellas destrezas que unen la idea con su realización, y que sirven para elegir objetivos, elaborar proyectos y organizar la acción para realizarlos (La inteligencia ejecutiva, pag. 21) son las que debemos potenciar, porque de nada sirve disponer de una gran capacidad analítica o de una enorme habilidad relacional si después no podemos llevar a la práctica todo lo planificado. Este giro en la concepción de la inteligencia, señala Marina, está ligado a muchas de las tendencias psicológicas actuales que, impulsadas por la neurociencia, están operando en todos los campos de la psicología, ya sea en su aplicación clínica, ya en la social o en la económica.

2. La inteligencia, asegura Marina, está estructurada en dos niveles. En un primer estrato, el computacional, se hallan las ideas, los sentimientos, deseos, imaginaciones e impulsos; en el segundo, el ejecutivo, encontramos aquellos mecanismos que tratan, con mayor o menor éxito, de controlar, dirigir, corregir, iniciar o apagar todas esas operaciones mentales generadas en el primer nivel. Esa es la pequeña (o gran) batalla que tiene lugar en el interior de cada ser humano, y que resulta en gran medida la principal tarea social, como es el control de la acción. Saber dirigirnos hacia el lugar correcto, saber dominar ese nivel generador llevándolo hacia los cauces correctos no tiene que ver sólo con la fuerza de voluntad individual, sino que depende en gran medida del entorno en el que el ser humano se desenvuelve.

El problema es que las teorías psicológicas y sociológicas contemporáneas, aquellas que se han impuesto socialmente en los últimos años, percibían la educación como algo perteneciente a la esfera privada, como si sólo los padres o los profesores que tratan con los niños pudieran ejercer influencia sobre ellos. Para Marina, que siempre ha defendido que para educar hace falta toda la tribu, tal visión contiene un gran error.

El niño hiperactivo es un buen ejemplo del cambio de paradigma que propugna. Mientras las terapias del pasado trataban de que los pacientes llegaran a una especie de autoconciencia a través de la cual cambiar las percepciones y los comportamientos, la actual entiende, y específicamente en lo que se refiere a los más pequeños, que la mejor manera de modificar actitudes es cambiar el entorno. La tendencia del niño a actuar de modo rápido e irreflexivo se controla principalmente yendo de fuera hacia dentro (pag. 75). Si se quiere que un hiperactivo interiorice las normas, se le debe dar un ambiente estructurado, suministrándole la información necesaria (y no más) ,anticipándole los sucesos, reforzándole positivamente y atrayendo su atención sobre lo esencial. En definitiva, se le debe proveer de un contexto que facilite la concentración, que le conduzca hacia sus objetivos y que le ofrezca unas pautas claras que pueda interiorizar a fuerza de repetirlas. El niño no va a cambiar su comportamiento porque tenga un mayor conocimiento de lo que le ocurre, ni tampoco por temor al castigo, sino porque le hemos facilitado un ambiente cuyas instrucciones entiende, donde hay adultos en los que puede confiar, y que le guían por los caminos adecuados. Así se podrá poner a trabajar eficazmente su working memory, su memoria procedimental, de modo que pueda interiorizar las pautas necesarias. La repetición, el esfuerzo, la práctica y la insistencia, y no el talento, son las que nos harán manejar una determinada materia. La autodisciplina y la repetición son las que nos dan poder (pag. 167).

Y este es un cambio esencial en el proceso educativo, pero también en el social. Encauzar los deseos y los impulsos hacia la finalidad adecuada no es pura cuestión de autodominio, sino que se vuelve cosa de todos. Debemos generar contextos que permitan que las cosas se puedan poner en práctica y eso implica reactivar de nuevos modos la importancia del control social.

3. Para educar correctamente, debemos enfocar los problemas de otra manera, priorizando "la capacidad de soportar el esfuerzo, de aguantar las molestias y de guiarse por recompensas lejanas", virtudes que constituyen la esencia de la ejecutividad (pag. 34). Incluso aquellas personas que cuentan con habilidades como la capacidad de inhibir la respuesta, dirigir la atención, planificar metas, controlarse emocionalmente o ser flexibles en la realización de planes, no consiguen nada si no añaden elementos decisivos de autocontrol y de proyección en el futuro.

Con esta perspectiva, Marina vuelve a poner de relieve nociones enormemente populares en la psicología del pasado, como la voluntad o el carácter, que parecían haber desaparecido de escena. En realidad, subraya el filósofo, aunque ahora se utilizan términos como déficit de atención, hiperactividad, impulsividad, problemas de control de los impulsos, abulia o trastornos del lóbulo frontal, seguimos refiriéndonos a algo tan básico y tan importante como es el control de la acción. Y para conseguir este objetivo, debemos evitar un error habitual en las nuevas tendencias psicológicas. Es verdad, insiste Marina, que ya no se trata de activar aquellas facultades que nos permiten conocer mejor la realidad, pero tampoco debemos caer en la trampa a la que nos lleva el pensamiento positivo, como es reducirlo todo a los estados de ánimo. Esa creencia según la cual cambiando la percepción se cambia la realidad es muy peligrosa por su conservadurismo extremo, afirma Marina. Quizá más conocimiento no nos saque del atolladero, pero su ausencia, esto es, su sustitución por la pura voluntad, como propugna la psicología positiva, tampoco es el camino. De lo que se trata es de estimular la capacidad creativa de nuestra inteligencia. En la vida no hay soluciones bien perfiladas que simplemente están esperando que alguien las descubra, sino problemas que nos obligan a inventar continuamente cómo resolverlos. La tarea de la educación es potenciar esas habilidades, movilizando las fuerzas que nos ayudarán a crear los remedios. Para ello, potenciar lo cognitivo no basta, resultando imprescindible fortalecer la voluntad. En consecuencia, apunta Marina, "ha llegado el momento de elaborar una pedagogía de la atención, del autocontrol y de la perseverancia" (pag. 182), esto es, de forjar el carácter.

Localizan una zona del cerebro que se activa cuando se toman decisiones en un contexto social


La interacción en el cerebro Un estudio publicado en la revista Science demuestra, a través de un experimento con el póquer, que una región del cerebro se activa exclusivamente durante la toma de decisiones en una interacción social.

FONT: http://neurologia.diariomedico.com/2012/07/05/area-cientifica/especialidades/neurologia/localizan-zona-cerebro-activa-toman-decisiones-contexto-social 05/07/2012 El estudio,  realizado por investigadores del Duke Center for Interdisciplinary Decision Science (D-CIDES) en Durham (EE.UU.), analizó a los participantes mientras jugaban al póquer con otras personas o contra una máquina. Se demostró que  una pequeña zona del cerebro donde se encuentran los lóbulos temporal y parietal  (TPJ, por sus siglas en inglés) solo se activaba cuando el oponente era un ser humano.

Las señales emitidas en la zona TPJ indicaban a los investigadores si el jugador tenía intención de echar algún farol a su oponente, especialmente si se creía que éste último era un experto en póquer. Sin embargo, dichas señales no predecían el comportamiento del sujeto cuando éste jugaba contra una máquina. En palabras de McKell Carter, miembro de la Universidad de Duke, los participantes prestaban menos atención a su oponente cuando se trataba de una máquina.

"Existen diferencias neurológicas importantes entre las decisiones tomadas en situaciones sociales y no sociales" explicó Scott Huettel, autor del estudio, director de D-CIDES y profesor de Psicología y neurociencia en la Universidad de Duke. La información de tipo social puede provocar en nuestro cerebro otras reacciones distintas que cuando se toman decisiones en un contexto donde no se interactúa con otros. Estas diferencias neurológicas ayudan a los científicos a entender de qué manera nos decantamos por una u otra resolución. Además entendiendo cómo el cerebro reconoce competidores y colaboradores para un futuro conflicto podemos llegar a comprender comportamientos como la empatía.

Durante todo el experimento, otras zonas del cerebro cuya función es específicamente social no enviaron información estrictamente de ese tipo lo que indica, según Carter, la flexibilidad de nuestro cerebro.

lunes, 4 de junio de 2012

La intel·ligència executiva

Font: ES - LA VANGUARDIA 2 de juny de 2011   José Antonio Marina

Crec que està emergint un concepte d’intelligència més poderós que els anteriors. Primer va ser la intel·ligència cognitiva: la funció de la intel·ligència és conèixer. Després va venir la intel·ligència emocional, que s’encarregava de comprendre i gestionar les nostres emocions. Ara arriba el moment de la intel·ligència executiva, la missió de la qual és dirigir el comportament aprofitant les dues anteriors. El coneixement i l’emoció poden estar enfrontats, però necessitem que col·laborin. Qui hi farà de mitjancer? La intelligència executiva, encarregada també de prendre decisions i elaborar plans. Ara comprenem millor que la funció principal de la intel·ligència és dirigir bé el comportament. De res no serveix saber moltes coses si després no encertem en fer-les servir. El talent no és mai una possibilitat, és una acció. No té sentit dir “quin gran jugador seria en Tal, si volgués!” perquè voler ser-ho és un ingredient del bon jugador.

Robert Stenberg, un dels investigadors més prestigiosos sobre la intel·ligència, diu una frase que sona escandalosa: “El talent és una decisió”. Seré més caut: el talent es demostra en l’elecció i en la realització de decisions. D’això s’encarrega la intel·ligència executiva, en la qual conflueixen dos grans dinamismes de l’evolució, controlar el comportament propi i dirigir-lo cap a metes projectades imaginàriament. El triomf d’aquesta idea em produeix un entusiasme adolescent, el desig de cridar: jo ho vaig veure primer! El cert és que es tracta d’un exemple més d’un fet misteriós que es repeteix en la història. Sembla haver-hi idees en l’ambient que es descobreixen alhora en llocs diferents. Newton i Leibniz van descobrir cada un pel seu compte el càlcul infinitesimal; Darwin i Wallace, la teoria de l’evolució; Graham Bell i AntonioMeucci, el telèfon; Gay-Lussac va descobrir la llei d’expansió dels gasos al mateix moment que Dalton. Thomas Kuhn, un gran historiador de la ciència, es pregunta per què a mitjans del segle XIX dotze científics van arribar per camins diferents al concepte de conservació de l’energia? Només sé que ningú no pensa tancat en una bombolla, sinó en una xarxa d’idees i sentiments que estimulen o deprimeixen, insinuen uns camins o uns altres.

Tot això ve a tomb de la intel·ligència executiva, perquè és una idea que emergeix alhora en àmbits científics diferents, i en l’obra d’investigadors independents. Els neuròlegs en parlen perquè investiguen els lòbuls frontals, centre de la nostra capacitat de projectar, seleccionar, moure l’acció. La informàtica, perquè des del principi va descobrir que hi havia d’haver un programa executiu de nivell superior que dirigís les operacions de programes inferiors. La psicologia, perquè en estudiar la memòria, la voluntat, l’atenció, va descobrir un sistema supervisor central. La patologia, perquè  moltes malalties, com els trastorns obsessius compulsius, les abúlies, la impulsivitat, la hiperactivitat o els dèficit d’atenció, són trastorns executius. La ciència política, perquè fa falta un poder  executiu que organitzi la pluralitat d’interessos i d’informacions. El management, perquè necessita conèixer com mesurar aquesta intel·ligència per poder seleccionar els directius. Finalment, l’educació. En aquest moment sabem que la seva funció principal és generar talent. I això inclou, inevitablement, educar les funcions executives. Continuareu sentint-ne parlar durant molt de temps. No en tinc cap dubte.

domingo, 3 de junio de 2012

Los niños tienen "que aprender de memoria cuanto más, mejor"

José Antonio Marina: "Google no puede encargarse de educar a nuestros chicos" El filósofo, que acaba de publicar 'La inteligencia ejecutiva', defiende que "los niños deben aprender de memoria cuanto más, mejor"

LA VANGUARDIA Libros 15/05/2012  (EFE/Catalina Guerrero).-

Google y Apple son "fantásticos" pero "no pueden encargarse de educar a nuestros chicos", subraya en una entrevista con Efe el filósofo y pedagogo José Antonio Marina, que acaba de publicar el libro La inteligencia ejecutiva, y defiende que "los niños deben aprender de memoria cuanto más, mejor".
"Que imaginen los padres que el cerebro de su hijos es como un ordenador potentísimo, que contiene todas las mecánicas habidas y por haber, pero sin ninguna información. Es muy rápido, pero sino le metemos nada, no sirve para nada", dice Marina para ejemplificar que "la inteligencia reside en la memoria".
Y es que "cuando pensamos lo hacemos con contenidos y conocimientos", subraya este escritor y antiguo profesor que encabeza desde hace años la Fundación Universidad de Padres, una ambiciosa plataforma para ayudar a padres y docentes a educar.

Una fundación sin ánimo de lucro que ofrece a partir de hoy sus cursos en www.superpadres.com, aunque de la gestión se ha hecho cargo el Grupo Planeta tras un acuerdo alcanzado recientemente.
"Para educar a un niño hace falta la tribu entera, pero la conciencia educativa debe ser de los que nos dedicamos a la educación. Nosotros cuidamos del futuro. La educación es una cosa complicada, es una ciencia de vanguardia, por eso los mejores talentos debemos dedicarnos a la educación", dice.
Hablando de vanguardias, "el final del siglo XX fue -señala Marina- el siglo de la genética y en lo que llevamos del XXI se ha dado un paso más, estamos en la epigenética", en la constatación de que el entorno y, por tanto, la educación y la cultura influyen en en la expresión genética, ya que son "aceleradoras de la evolución".

"Las nuevas tecnologías están configurando el cerebro humano, en algunas cosas no sabemos si para bien o para mal", señala el autor de La educación del talento, El cerebro infantil: la gran oportunidad, Los secretos de la motivación y La inteligencia ejecutiva, cuarto tomo editado por Ariel de la Biblioteca UP (Universidad de Padres), que alcanzará los "diez o doce" volúmenes.
Lo que sí se ha comprobado ya es que la gente joven que está metida en nuevas tecnologías "maneja la atención de manera distinta, controla bien las multitareas", "tiene muchísima habilidad", "usa superficialmente mucha información pero -advierte- se le queda muy poco, se acuerda de muy poco y eso es un problema".
Otro "fallo grande" es para Marina que se haya extendido la idea de que "si puedes buscar una cosa para qué la vas a estudiar".
"Construirte tu propia memoria es tu gran recurso, es tu gran tesoro. Es lo que te va a dar más o menos posibilidades y, por tanto, tienes que diseñártela tú. Es una de las funciones de la inteligencia ejecutiva: la memoria de trabajo, creársela y saberla activar", aconseja Marina, uno de los pensadores españoles contemporáneos de mayor prestigio.

Los niños tienen "que aprender de memoria cuanto más, mejor; y luego tienen que aprender qué hacer con ello", mantiene.

  • Además de la memoria de trabajo, otras de las funciones básicas de la "inteligencia ejecutiva" son: capacidad de detener la respuesta a un estímulo, 
  • establecimiento de proyectos, 
  • organización de medios, 
  • control de la atención, 
  • autorregulación emocional, 
  • iniciación de la tarea, 
  • persistencia 
  • y la gestión del tiempo.

La "inteligencia ejecutiva", un término acuñado por Marina, es -precisa- como "un director de orquesta" capaz de dirigir por metas la "inteligencia generadora" de "nuestra prodigiosa maquinaria cerebral" para controlar acciones, anticipar el futuro y hacer proyectos, porque "así vivimos todos, salvándonos por los pelos, agarrándonos de un proyecto".

Otro "gran objetivo educativo", continúa, es "que los niños aprendan a ser libres", que no sean dependientes, pero "la libertad no debe estar al principio sino al final del proceso educativo", por eso tienen que tener límites y aprender a obedecer, primero a sus padres y educadores y luego deben comenzar a darse ordenes a sí mismos, algo que sucede a los 3 o 4 años.

El periodo de mayor desarrollo de las funciones ejecutivas va de los 6 a los 8 años; a los 12, el niño tiene una organización cognitiva cercana a la de un adulto, pero es a los 16 cuando se alcanza el desarrollo completo de los lóbulos frontales del cerebro.

Y, por último, un consejo de Marina: para evitar infantilizar la adolescencia hay que dar más responsabilidades a los niños, así les estaremos impulsando a madurar, ganarán en confianza y construirán sobre mejores bases su personalidad. Es, dice, "un tema educativo de alto voltaje".